En la oscura orfandad
de cada día de sobrevivencia, podemos encontrar, sin afanarnos, el más terrible y
cruel olvido; vidrieras vacías en las que sólo contemplamos los alfileres
ensangrentados de la muerte, clavados a esa madera de náufrago en mitad de un
mar abandonado. Cada uno, a su manera, intenta atrapar ese arco iris en blanco
y negro arqueado en el horizonte de los sueños; guardar en el baúl de las
tristezas las nubes que ocultan tanto cielo inalcanzable, donde Dios mismo tomó
la decisión de abandonar el suelo patrio a merced de la maldad, y viendo como
resucita la diabólica idea de hacer de la muerte una forma de vivir… y de
sobrevivir. Se lanzan palabras como piedras a un río de vicisitudes, sin que
haya una respuesta del agua en su afán de llegar a esa final desembocadura con
la mínima cantidad de residuos, aunque en su alocada carrera se lleve por
delante troncos de sensibilidad, guijarros de tolerancia y rocas de cordialidad
mancillada. No hables, no uses el don de la palabra para protestar por la
lluvia de balas que no cesa, no reclames por el inclemente sol de apatía derritiendo cerebros
y esperanzas, no exijas vivir en paz cuando el que escucha tiene en sus manos
“El arte de la guerra” y una bala preparada en la recámara de argumentos
insostenibles. Los dos sabemos que el "rey sol" seguirá allí anclado en su isla
de odio, perdido en su propio desierto de resentimientos, confundiendo un día
oscuro con una noche de luna llena, un bejuco con una serpiente y una dulce y madura piña con una explosiva granada.
El tiempo deja en su larga andadura las huellas furtivas de botas indiferentes,
clavadas como sanguijuelas en la piel soñolienta de un país adormilado. El
granizo de protestas, como tomates maduros lanzados al escenario de una pésima representación,
no hace mella en el histrionismo enfermizo de los actores inconmovibles en su
pedestal de odio. Es más, se revuelven contra el público y le culpan por no
aplaudir su mediocre actuación. “Me quedo con tu cara”, diría uno disfrazado de
médico; otro gritaría: “a la salida le tomarán la foto” y otro, desde detrás
del telón, vociferaría con acritud: “¡Oligarcas ignorantes, si no les agrada
nuestro teatro, váyanse bien lejos y dejen que siga la función, porque el
espectáculo va a continuar, les guste o no!”.
Si no hay un
cambio de rumbo en el sendero del amanecer, pronto tendremos un desolado país
hundido en un cráter de desaliento, donde sólo se escuche el lejano eco de la ausencia
multiplicada. Porque aquello que fue ya
no será nunca más; aquel oxígeno de libertad ya no volverá a entrar por las
fosas nasales, aquel abrazo, aquel beso, aquel apretón de manos, se convertirán
en utopía, porque la amistad dejará de ser estandarte en una sociedad en
constante degradación que lucha sólo por su individualidad. Éramos un hermoso
campo de trigo moviéndose armónicamente al viento de la esperanza y la tranquilidad, pero crecieron miles de
malas hierbas entre las doradas espigas, y al horno del equilibrio ya no llega
la harina blanca de la confianza ni el agua de la certidumbre. Sólo me queda una pregunta (o varias) atorada
en la garganta de la incomprensión: ¿En qué molde forjaron tanto corazón de
hielo? ¿En qué raíz prendió tanto cerebro de mármol? ¿En qué desierto crecieron
para tener esa sed de vampiros insaciables?
En la puerta
de un rancho una madre llora y grita desconsolada: “¡Ladrones, ladrones!” No
reclama por que se llevaron a su hijo ni porque la dejaron sin nevera y televisor;
llora porque le robaron el futuro y le mataron a "plomo limpio" el horizonte.
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